El blasfemo desatado

 

 Luxaron

Día 3 del ciclo de Sahed, mañana

1619 D.O.

 
El sol de la tarde caía sobre mí, sin embargo, su calor huía de mí. La altura hacía que el frio del aire mordisquease mi piel.
Y yo lo agradecía.
Aquella algidez en el viento me ayudaba a no perderme en mis pensamientos, me recordaba la existencia del mundo real.
Desde la cima de aquel edificio, podía contemplar casi toda Luxaron, tanto sus estructuras imponentes como la Catedral Argéntea o los Anillos, como un pequeño parque escondido entre las calles en el que una madre vigilaba a su hija jugar con otros niños.
Solté un largo suspiro ante aquella imagen.
Y por un instante, imaginé lo que sería estar viviendo así, como un mero mortal cuya vida no es más que un suspiro en el flujo del tiempo.
Oh, mi Ciries, tal fue tu frustración que preferiste distraerte con una vida mortal en vez de tratar de recuperar tus dones.
Se te ve feliz jugando con esos niños, me alegro de que hayas encontrado la forma de que tu espera no sea un martirio.
Pero no te preocupes, pues queda poco para que complete mi investigación.
Y entonces podremos recuperar nuestra vida, la vida que nos fue arrebatada.
Mantente fuerte hasta que ese momento llegue. Entretente con esos humanos tuyos hasta que pueda devolverte tu control sobre la Energía de la Creación.
—Hola Faest —escuché a mi espalda—. Cuanto tiempo.
Un pequeño escalofrío me recorrió la espalda al oír aquella voz.
—Elethanea… —dije sin darme la vuelta—. Sí, desde luego ha pasado tiempo. ¿A qué debo esta visita?
—Creo que ya sabes a qué vengo —respondió—. Mi madre necesita a un nuevo Hijo de Vitae.
— ¿Desde cuándo te has vuelto tan franca? —cuestioné.
—Desde el momento en el que la cordialidad deja de ser necesaria.
No pude contener una carcajada ante aquella frase.
—La cordialidad siempre es necesaria cuando ha pasado tanto tiempo desde nuestro último encuentro.
—En ese último encuentro, preferiste quedarte con tu ahora desaparecida mujer antes que conmigo —recalcó con frialdad—. Considero comprensible poder ignorar la cordialidad dado nuestro pasado nivel de intimidad.
Por suerte, la lejanía entre Ciries y nosotros era suficiente como para que Elethanea no pudiese reconocerla. Y debía seguir siendo así.
—Hace veinte años de esa época, Elethanea.
—Habrás cambiado de ocupación, pero no de forma de ser, Faest. Sigues obsesionado con el trabajo, incapaz de ver más allá de tus objetivos.
Una sutil carcajada me salió como respuesta.
—Si te soy sincero, no comprendo por qué has venido a hablar conmigo —desvié la conversación—. Me marché de Orbis justo para que ninguno de mis hijos se tuviese que convertir en Hijo de Vitae. ¿Por qué querría decirte nada?
—Por el bien de tu hijo, al que abandonaste en Orbis cuando huiste junto con Ciries.
Me levanté con brusquedad, aunque sin voltearme.
—Cuidado con tus siguientes palabras, Elethanea —la amenacé.
—No te lo tomes como algo personal, Faest. Tu hijo abandonado lleva años entrenando para convertirse en un Hijo de Vitae. Y tanto él como tú conocéis el precio que conlleva convertirse en Hijo de Vitae. Sin embargo, se supone que tú sabes que el sacrificio de individuos es el mal menor comparado con la alternativa. Y no darnos a tus hijos pone a mi madre en una situación incómoda al respecto. ¿O acaso has olvidado como conseguiste tu rango?
Una imagen vino a mi mente. Me forcé a hacerla desaparecer y enterrarla en un lugar profundo y oscuro donde no pudiera perturbarme de momento.
—No, nunca lo olvidaré —respondí desviando la mirada.
— ¿Entonces? —cuestionó—. ¿Es eso es lo que quieres? ¿Qué tengamos que volver a las antiguas prácticas?
— ¿Los Gaianos no os habéis planteado abandonar la creación de nuevos Hijos de Vitae en general? —repliqué con un deje de sarcasmo.
Esta vez, ella contestó con una sonora risa.
— ¿Faest, que te ha pasado? ¿Tus años como fugitivo han afectado a tu intelecto?
—A mi intelecto no, a mis perspectivas. Dependéis de los Hijos de Vitae para vuestro poder militar. Y, con sinceridad, deberíais haber aprendido la lección cuando Fernus nos venció a la mitad de nosotros en solitario.
—Esto no trata sobre poder militar, Faest. Trata sobre supervivencia. Univeros nos ha informado de que las Noches Eternas han comenzado a moverse y que él, a pesar del imperio que comanda, no podrá detenerlas. Quizás tarden años, quizás décadas, pero ten por seguro que llegarán. Y cuando lo hagan, los Hijos de Vitae serán nuestra única arma para hacerles frente.
La voz de Elethanea indicaba que no venía con intenciones hostiles, no del todo. Lo que quería no era un Hijo de Vitae, sino algo para enfrentarse a la amenaza.
— ¿Qué hay de las Semillas de la Oscuridad? —respondí—. En su momento las usamos para sobrevivir a la lucha contra los tuyos.
—Desaparecidas­.
—Han pasado casi dos milenios desde “aquel día” —recalqué.
—Lo sé. A pesar de ello, no hemos dado con ninguna.
O, dicho de otra manera, que alguien las tiene. Y vista la situación, las probabilidades de que sea un aliado son escasas.
—Yo puedo tener una posible solución a vuestro problema —contesté sin darme la vuelta.
—No intentes engañarme. Sé que tu trabajo con Fernus no llegó a nada.
—Fernus no me permitía realizar algunos de los experimentos que puedo hacer en Genosia —señalé.
No necesitaba ver su expresión para saber que había captado su atención.
— ¿Con eso quieres decir que tienes la forma de crear Hijos de Vitae sin necesidad de sacrificios? —preguntó con una mezcla de escepticismo, autoridad y expectación.
—No Hijos de Vitae como tal, pero he conseguido modificar cuerpos de personas normales para que sobrevivan al flujo de Energía de la Creación por su organismo. También he conseguido estimular de forma sutil esa misma corriente en personas que la tienen estancada.
Un breve silencio vino después de aquella contestación.
—No te voy a mentir, no me esperaba esa respuesta. Aunque no preguntaré como has llegado a esos resultados.
— ¿Es suficiente para que dejéis en paz a mis hijos? —cuestioné sin más.
—Es un paso en la buena dirección —contestó—. Mantenme informada de tus progresos, una colaboración podría llegar a ser factible si con ello aceleramos tu investigación.
Un pequeño escalofrío me recorrió el cuerpo con aquella frase.
—Elethanea, no guardo deseo alguno de reunirme con Caius y Freya —respondí con crudeza.
—Oh, vamos, Faest, no seas así. Habéis vivido casi dos milenios de experiencias juntos, deberíais estar más unidos que nadie.
—Dos milenios es demasiado tiempo para una amistad, salen a relucir más demonios internos de los que nadie debería presenciar.
— ¿Los tuyos incluidos? —respondió con sarcasmo.
Los míos, sobre todo. Pero eso es algo que me guardo para mí mismo.
—Bueno, aunque no quieras verlos a ellos, sí que vas a tener que lidiar conmigo de forma regular —comentó.
Lancé un sonoro suspiro ante aquella frase.
—Ya decía yo que no ibas a venir a verme en persona solo para lo de los Hijos de Vitae —añadí.
En ese momento, me puse en pie y finalmente me di la vuelta.
Para mi sorpresa, me topé con una mujer de apariencia joven, con un largo y liso pelo que ondeaba al viento y unos ojos azules tan oscuros como las profundidades marinas. Portaba los ropajes de combate Gaianos, negros y adheridos al cuerpo, realzando su atlética figura. También portaba la capa plateada con bordado dorado emblemática de los Hijos de Vitae.
No había ni un atisbo de cambio en su apariencia física, a pesar del tiempo que había pasado.
Y sentí una pizca de decepción de mí mismo al ver que mis instintos primarios se despertaron ante aquella imagen.
—Debemos lidiar con el asunto de Luciel antes de que se nos vaya de las manos —explicó.
—Son Veterios —repliqué tras recuperar la compostura mental—. ¿Desde cuándo son relevantes? —pregunté con una carcajada.
—Desde que su Fuerza Genética puede superar a la de los Hijos de Vitae.
Aquello me cogió con la guardia baja. Llevaba dos años trabajando con ellos y el único que podía encajar con esa descripción era Soul. Y quizás Exal.
— ¿Hablas de Soul?
—Así es. Si el experimento de Dionos sale bien, esta podría ser una nueva forma de enfrentarnos a las Noches Eternas. Y no queremos que su trabajo se vea arruinado por una mujer con delirios de grandeza frustrados.
Fui incapaz de reprimir una carcajada ante aquella descripción.
— ¿Y Gaia te ha enviado a ti a arreglar este problema? —me salió con curiosidad genuina.
El fracaso de Elethanea para lidiar con la situación del Imperio Caureano fue lo que desencadenó que Fernus nos traicionase, ella debería ser la última de las opciones para arreglar problemas de estado de este calibre.
— ¿Eso te supone una inconveniencia? —preguntó con cierta irascibilidad en la voz, sabiendo al momento el porqué de mis dudas.
—No, en absoluto.
Oh, por supuesto, Gaia manda a quien cree que puede sustituir a Ciries en mi vida.
Para ser justos, ya lo hizo durante un tiempo… aunque no es una época de la que me enorgullezca.
Y para colmo, mi mente y mi cuerpo tienen opiniones distintas al respecto.
— ¿Nos vamos? —preguntó—. Tengo mucho que hacer y poco tiempo para hacerlo. Luciel no se va a cazar sola.
—Como quieras —contesté.
Iba a tener que lidiar con ella quisiera o no, lo mejor era colaborar y acabar cuanto antes.
Acto seguido, hice emerger un Portal de Esencia a su espalda. Entonces, le hice un gesto para que cruzase, el cual siguió sin dudarlo.
Me sorprendió aquella muestra de confianza.
Por un breve instante, eché la vista atrás, contemplando a Ciries una última vez.
Aquella imagen trajo un recuerdo de tiempos antiguos, cuando los cuatro éramos una familia. Ciries, Kayrius, Kaera y yo.
Entonces, la soledad vino a mí.
Kaera…
Un atisbo de preocupación siguió a ese pensamiento.
La Ordalía de este año va a ser un verdadero espectáculo, uno en el que, por desgracia, mi hija se puede ver involucrada. Tengo que hablar con ella y convencerla de que no se presente en ninguna circunstancia.
Pero viendo nuestra última interacción… dudo que consiga nada.
Lancé un largo suspiro.
¿Cómo arreglar este problema?
Soul salió en su defensa y se enfrentó a todos nosotros, quizás sirva como prueba de confianza.
Bueno, ese tan solo es otro problema por resolver, aunque convendría resolverlo cuanto antes.
En fin, ya había retrasado lo inevitable demasiado tiempo.
Miré al frente y crucé el portal, poniendo punto final al breve descanso que me había permitido tener.