El Heraldo de la Noche, capítulo 1
El abrazo de la noche me recibió, una noche de profunda oscuridad cuya única luz nacía de las febriles estrellas que palpitaban en su seno. El bosque traía consigo una cálida brisa de primavera, haciendo que las hojas de los árboles susurrasen a mi paso, sugiriéndome que me acercase al poblado que se vislumbraba en el horizonte.
Cuan inocente yacía esta foresta, ciega ante lo que mi presencia significaba. Pues es frágil aquello que protege a la negrura de tornarse roja por mi mano.
Conservaba todos los recuerdos de aquella noche y esta imagen no era una excepción.
Mi nuevo cuerpo completó un barrido de Esencia. Cinco trazas de Esencia esparcidas por los habitantes del pueblo. Cinco familias. Población aparente, doscientas personas. Población real, veintidós personas. Dos extranjeros.
Sin embargo, no había rastro de mi padre, solo ha tardado horas en desaparecer de nuevo.
Maldita sea, tengo que ser más rápida la próxima vez.
No, no es momento para dudas. Sigo sabiendo que ha estado aquí. Es mejor que nada y vale la pena investigarlo.
—¿Estás segura de que este es el poblado que buscabas? —resonó en mi mente.
—Así es, Emperador Quilibrum —respondí—. ¿Alguna petición respecto a lo que está a punto de suceder?
Una pequeña carcajada retumbó en mi cabeza como respuesta.
—¿A qué viene esa pregunta, Kaera? Ya te dije en su momento que eras libre de hacer lo que quisieras con el obsequio que es tu nuevo cuerpo.
—En mi experiencia, incluso los gestos más altruistas tienen siempre una expectativa de retorno, ya sea de una manera u otra —contesté—. Y dado que, en este tiempo, usted todavía no ha hecho amago de pedirme nada a cambio de su ayuda, considero apropiado preguntar antes de actuar.
—Sigues sin decepcionarme, Kaera. Ya hablaremos de esto más adelante. De momento te pediré que, si las circunstancias lo permiten, no dañes la torre de comunicaciones que hay en la aldea.
—Entendido. Haré lo posible por cumplir con su petición —finalicé cortando la comunicación.
Poder hablar con él como si estuviese a mi lado sigue sorprendiéndome sobremanera, teniendo en cuenta que las Noches Eternas tienen su centro de operaciones a decenas de planetas de distancia.
Cualquiera con un mínimo de conocimientos científicos sabe que los requisitos tecnológicos y energéticos para una acción así son impensables para casi cualquier civilización. Y, a pesar de ello, las Noches Eternas pueden hacerlo con una facilidad antinatural.
Para ser una especie que no depende de la tecnología, sus habilidades con la misma son sobrecogedoras.
Alcé el brazo un instante, moviendo y contemplando mi propia mano. La movilidad, el tacto, la apariencia. Era imposible distinguirla de una extremidad normal. Sin embargo, irradia un poderío a temer para cualquier humano. Nunca había combatido con este cuerpo, desconozco de lo que es capaz, pero estoy ansiosa por descubrirlo.
Entonces, la imagen de cómo me arrancaban los brazos y las piernas vino a mí.
Cerré el puño con fuerza de forma involuntaria.
Aquel recuerdo despertó la rabia en mí.
¿Cómo pudiste permitir que me hiciesen esto, papá? ¿Tal es el extremo de la locura en la que te sumiste cuando perdiste a mamá?
—¿Todo bien? —escuché de nuevo—. Tus niveles de adrenalina están elevándose.
—Sí, señor, nada de lo que preocuparse —contesté.
—¿Estás segura de que quieres seguir adelante?
—Llevo medio año preparándome para esto, Emperador. He estado entrenando cada día para poder enfrentarme a mi padre y ahora que por fin ha aparecido un rastro de su Esencia, no puedo echarme atrás.
Mis hormonas se estaban desregulando. Debía devolverlas a su estado normal.
Cerré los ojos. Inspiré, y espiré. Y repetí.
No puedo permitirme el lujo de dejarme llevar por mis emociones. No con la labor que tengo por delante.
—¿Eres capaz de regular tu estado hormonal con la respiración? Curioso, haré que lo analicen —comentó el emperador.
El emperador me trata con mucha familiaridad para su posición… demasiada diría.
—Señor, si no le importa, voy a desconectar la recepción de audio. Ahora mismo, necesito tener mi mente para mí misma.
—Descuida, hablaremos cuando acabes.
Tengo la sensación de que me trata como a una aprendiz, y no llego a entender del todo por qué.
Sin embargo, eso es lo de menos ahora. Debo centrarme.
Tomé aire de nuevo.
No puedo permitir que mis emociones interfieran.
La rabia debe ser sometida.
El rencor debe estar bajo control.
El odio debe mantenerse bajo mi yugo.
El pasado debe seguir en el pasado.
Solté un largo suspiro.
Por Gaia, ¿Qué hago aquí? ¿Acaso quiero volver a morir? ¿No aprendí mi lección la última vez?
Cuando quise darme cuenta, mi mano temblaba.
No. No vas a ir por ahí, mente.
Volví a inspirar.
Ahora conozco el secreto, no volverán a cogerme desprevenida.
No se repetirá la tragedia de mi última visita.
He venido a conseguir respuestas y no voy a irme sin ellas.
El elemento del anonimato está de mi lado, pues en ese poblado piensan que sigo muerta. Debe mantenerse así bajo cualquier circunstancia.
Y quizás, solo quizás, dé rienda suelta a mis emociones si descubrieran mi identidad.
Agité la cabeza y me aseguré de que la capucha tapase mi cara.
Esta aldea tenía la única posada en decenas de kilómetros a la redonda, y estaba posicionada en la mitad del estrecho de Ilyth. Los viajeros se veían obligados a parar en ella quisieran o no.
Inteligente, había que admitirlo.
Tenía la apariencia de un pueblo normal, inofensivo incluso. No había murallas que lo protegieran, ni soldados más allá de escasos guardias que parecían llevados por la embriaguez, pues ninguno se molestó en frenarme o siquiera preguntarme cuando me adentré en el poblado.
Era fácil entrar, demasiado. Casi parecía que el poblado tratase de atraer a los depredadores ante la idea de una presa fácil. ¿Pues qué ladrón rechazaría la posibilidad de robar donde apenas hay seguridad? ¿O qué grupo de forajidos rechazaría la ocasión de hacer con el pueblo lo que quisieran?
Las casas estaban construidas de piedra y madera y apenas había rastro de tecnología, pues ni siquiera había luz artificial en las calles. Aquel que no conozca los secretos oscuros del estrecho de Ilyth pensaría que se adentraba en un lugar abandonado por las grandes civilizaciones, cuando la realidad no podía distar más de dicha idea.
Era tal el silencio que podría estar entrando en una tumba y no habría diferencia. Las calles, desérticas. Las ventanas, negras. La única luz provenía de la taberna, como un fulgor en mitad de las profundidades marítimas.
Sin embargo, aquellos experimentados que encuentran una luz en el abismo no van hacia ella, sino que corren en dirección contraria, pues saben que ese páramo es hogar de la oscuridad y que un brillo nacido de las tinieblas está corrompido por la penumbra en su interior.
En mi breve paseo hasta la taberna pude detectar la Esencia de uno de los extranjeros, oculto entre las sombras de los callejones. Sin embargo, la falta de rastros de Esencia a su alrededor indicaba que su soledad no era causada por el embaucamiento del pueblo.
Debo vigilar a esa persona, su conducta es anormal.
Acto seguido, mi cuerpo dedicó una pequeña parte de su energía a monitorizarle de forma automática. No pude contener un pequeño suspiro de asombro ante aquel proceso. Una parte de mí se hallaba deseosa de comprobar los límites a los que ahora podía llegar.
Frente a la posada se alzaba una torre rocosa impregnada de un centenar de tonos negruzcos, provenientes de cada piedra que componía su exterior. Sin embargo, ésta no era majestuosa o solemne. No, más bien parecía que tratase de ocultarse entre el mar de casas en el que se hallaba sumergida.
Su construcción casi había finalizado, no quedarían más que unos ciclos para acabarla.
Vaya, han avanzado bastante desde la última vez que vine.
Entonces, contemplé la taberna. Su fachada era indistinguible del resto de casas. Sin embargo, eran sus detalles los que la definían. Su tenue luz resultaba hipnotizante, latía con sutileza, se agrandaba y se empequeñecía, reclamando la presencia de todos aquellos que posaban sus ojos en ella. Y su murmullo, frágil pero incesante, no hacía sino llegar a un rincón recóndito de la mente y la doblegaba a su voluntad como lo haría el llanto de un recién nacido o los gemidos de una criatura moribunda.
Era algo que no conseguía explicar, una incomodidad que sabía sortear la carne y llegar al alma, pues mi cuerpo no me indicaba que mis niveles hormonales se hubiesen alterado y, sin embargo, me sentía intranquila.
Antes de entrar, mi cuerpo analizó las trazas de Esencia en el interior. Una docena de cuerpos repletos de una misma Esencia y una persona que emitía Esencia con firma singular, la cual se encontraba en un extremo alejado de la sala.
Su víctima, parece ser.
Tomé una larga inspiración. Ésta era la hora de la verdad.
Cuando entré, mi llegada no suscitó reacción alguna de las personas de la taberna, ni la más mínima. La gente estaba sumergida en sus diálogos con tal profundidad que ni una puñalada les habría sacado de ellas.
Mi instinto llevó mi mirada a la camarera, quien se deslizaba a través del mar de mesas con movimientos gráciles y suaves, tornando el servir comida en un baile hechizante del que resultaba imposible desviar los ojos. Sin embargo, a pesar de sonreír, su rostro solo desvelaba la falta de emociones que se encuentran en una muñeca.
Son buenos, muy buenos. No solo tienen una soberbia máscara, sino que saben usarla para cautivar a sus víctimas. Incluso detalles tan sutiles como el olor lo disimulaban a la perfección, solo olía a alcohol y a carne y ni el olfato hipersensible de este cuerpo conseguía detectar la anomalía.
Puedo entender por qué mi padre se acercó a ellos.
Llegué hasta la barra sin recibir un solo comentario. Por supuesto, evité las mesas de los individuos anómalos para correr el menor riesgo de disrupción posible.
—Buenas noches, jovencita —me saludó el posadero—. ¿Qué puedo servir a tan encantadora huésped?
Aquel hombre aparentaba unos treinta, aunque sus rasgos faciales, tan faltos del castigo del paso del tiempo y del trabajo, lo delataban para el ojo observador. Parecía tener buenas dotes sociales. Sus emisiones de Esencia encajaban con las de la docena de personas en el interior de la taberna.
De momento, nada que no fuese esperado, salvo que su rostro no encajaba con el de mis recuerdos.
Quizás hayan cambiado de actor, o quizás mi memoria se haya visto afectada por este cuerpo.
—Mucho me temo que no tengo conocimientos sobre las bebidas de esta zona de Vitae —contesté tratando de simular un tono inocente—. Dejaré que su buen criterio me sirva de guía.
El tabernero se adentró en la cocina un momento, para luego salir de ella con una copa de plata y una botella de cristal.
Interesante trato, cualquiera diría que desmesurado para un simple cliente. Sin embargo, dudo que alguien vaya a oponerse a ser tratado mejor de lo que debería, por sospechoso que eso pueda resultar si se piensa en ello.
—Creo que esto es justo lo que necesita, joven dama —dijo mientras dejaba que el líquido rojo llenase la copa sin desperdiciar una sola gota—. ¡Vino de los mismísimos viñedos de Ilyth! ¡Desde Nueva Somnia hasta Veteria, los comerciantes más exquisitos vienen aquí para hacerse con el manjar que deleita hasta al propio Ilectus Columnus!
Desde luego sabía venderse. Con una descripción así ¿Quién no querría una copa, por muy exagerado que fuese?
Cuando acabó, la colocó frente a mí. Entonces la levanté, la miré con detenimiento un instante y tomé un pequeño sorbo. Aunque el sabor no delatase el somnífero, una pequeña traza de olor sí lo hacía. Este cuerpo no deja de sorprenderme.
Oh, es de los potentes, este tumbaría a una persona normal en pocos minutos. Sin embargo, hace falta mucho más para incapacitar a este cuerpo.
¿Acaso creerán que soy uno de los envíos de mi padre? ¿O tan solo es su forma de actuar en general? Y si no es el caso, ¿Qué les ha hecho elegirme a mí por encima del extranjero alejado?
Muchas incógnitas y ninguna respuesta.
El inconveniente es que, si me consideran una víctima, no podré mantener el elemento sorpresa durante mucho tiempo.
Bueno, en ese caso, me limitaré a dejarme llevar por mis impulsos.
—No es de extrañar que sea un presente incluso para el propio Ilectus —añadí tras el primer sorbo, pues el posadero mostraba una expresión de expectación de mi reacción.
Increíble, no se salía de su personaje en ningún momento.
—Si me lo permite. ¿Cómo es que una muchacha tan joven viaja por un camino tan peligroso en solitario como es el Estrecho de Ilyth? —me preguntó con lo que aparentaba ser una expresión curiosa.
¿Por qué se molestaba en interactuar conmigo cuando se suponía que ya me tenía a su merced? ¿Acaso quería jugar con su presa antes de comenzar?
—Estoy buscando a alguien —respondí mientras bebía de nuevo—. Un hombre acompañado por su hija. Siguieron este camino hace medio año y estoy tratando de recomponer sus pasos.
Dudo que entienda el contexto de mi comentario, aunque a lo mejor lo haría si conociese mi identidad.
—¿Un hombre acompañado por su hija? —repitió mientras desviaba la mirada para fingir un intento de recordar—. Han pasado muchos hombres con mujeres de apariencia joven por este pueblo, aunque dudo mucho que los ruidos que salían de sus habitaciones fuesen típicos de padres e hijas.
No pude contener una pequeña carcajada ante semejante respuesta. No sabía que el humor de esta zona fuese tan burdo.
—Una pena —contesté.
Mis detectores de Esencia se activaron. Alguien acababa de entrar en la taberna, alguien cuya Esencia rezumaba por toda la aldea. Y se dirigía hacia mí, haciendo caso omiso de los otros forasteros.
¿Por qué? ¿Qué de todo lo que acababa de suceder había desencadenado este acontecimiento?
Maldita sea. ¿Tan pronto?
Bueno, esto planteaba una posibilidad interesante, si mantenía la compostura. Podía sacar toda la información que necesitase de una sola conversación. Ahora solo debía seguir en mi papel.
Me llevé la mano a la frente y fingí cansancio.
—¿No tendrá una habitación disponible, por casualidad? Estoy agotada del viaje —pregunté.
—Por supuesto —respondió con una sonrisa en la cara—. Mi compañero le guiará hasta sus aposentos –dijo mientras hacía un gesto con la mano para que me diese la vuelta.
No rompía la actuación ni cuando creía tenerme a su merced. Curioso.
Me di la vuelta sin levantarme y sin desvelar mi rostro, entonces crucé las piernas y apoyé mi cabeza sobre mi puño. Un hombre se alzaba ante mí, vestido con más elegancia de la que se esperaba de un “compañero” de trabajo de este establecimiento.
—El alcalde, supongo —dije clavando mi mirada en él—. Perdón, vosotros no usáis esa palabra. ¿Acaso tenéis palabra para el líder de un poblado Necromante?
Dejé un segundo de silencio tras esa pregunta tan solo para ver su reacción y su cambio de expresión no decepcionó.
—Bueno, eso es lo de menos ahora —continué—. Agradezco que se haya tomado el esfuerzo de venir en persona, aunque no haya sido para hablar conmigo.
La posada no cambió lo más mínimo ante aquella revelación. El hombre realizó un sutil gesto con su mano, abriéndola por completo y alzándola unos centímetros.
Entonces giré mi cabeza y vi al posadero con rostro consternado, a lo que respondí guiñandole el ojo.
Tras un instante, el alcalde realizó una seña con la mano y su compañero tras la barra se metió en la cocina.
—¿Es su hijo? —pregunté al observar similitudes en los rasgos faciales.
—Así es —respondió el alcalde—. Zaeral, se llama. Todo este espectáculo es obra suya. Fascinante para un Necromante, aunque carente de delicadeza si tan obvia ha resultado para usted —comentó con deje sarcástico cuando nos quedamos a solas.
—Nada más lejos de la realidad —respondí—. Su camuflaje es fascinante, pocas veces había visto algo tan logrado. De hecho, en otras circunstancias vendría en busca de esas habilidades.
—Agradezco sus observaciones —contestó con elegante condescendencia, como si creyese que tenía el control de la situación—. ¿Y cuáles son esas circunstancias que le han traído a nosotros, joven dama?
¿No pregunta por mi nombre? ¿Ni siquiera para mantener las apariencias en esta farsa?
—Antes de continuar, querría preguntarle… —le dije con un gesto de mano—. ¿Cómo es que nadie, ni los Somnos, ni los Vitaenos, ni los propios Veterios hacen nada al respecto de su poblado? Es una cuestión que me lleva carcomiendo desde que descubrí su secreto.
Al alcalde le salió una pequeña carcajada.
—¿Por qué deberían? —cuestionó con expresión extrañada—. Nuestra presencia aquí es parte de uno de los muchos acuerdos entre los Veterios con el resto de Vitae.
Vaya, que respondiese con información valiosa solo indicaba que realmente pensaba que yo no iba a salir viva de aquí.
—¿De veras? —contesté con cierta incredulidad en la voz—. Me cuesta creer que el resto de Necromantes ignoren el daño que ustedes causan a su imagen como sociedad. Ya lo tienen muy difícil teniendo en cuenta que su habilidad con la Esencia consiste en manipular cadáveres. Dudo mucho que favorezca a su imagen pública el que sean los propios Necromantes los que conviertan a los vivos en muertos.
—Los Necromantes forman parte del Consejo Veterio. Por tanto, negociamos con todo Vitae, al igual que el resto de los países Veterios. Y no hay nada que no tenga precio, incluso unas cuantas vidas humanas. Aunque debo decir que esa pregunta por su parte me decepciona, esperaba que alguien de su presencia comprendiese mejor la realidad del mundo en el que vive.
—La comprendo a la perfección, puede estar seguro de ello. Sin embargo, no creo que sea su caso. Me ha desvelado información valiosa sin conocer mi identidad. O bien tiene mucha confianza en el somnífero y las habilidades de su gente, o bien no es verdaderamente consciente de qué clase de criaturas pueden entrar en su taberna.
—No hay criatura que pueda sorprenderme, joven dama. Sin embargo, debo reconocer que usted ha conseguido suscitar mi curiosidad. ¿Cómo es que una muchacha tan joven ya conocía nuestro secreto? ¿Quién se oculta tras la capucha?
Por fin pregunta por mi nombre. Interesante.
—Vaya, ha prestado atención a mis palabras. Debería considerarse privilegiado, son muy pocos los que tienen la habilidad de escuchar.
El alcalde contestó con una carcajada antes de hablar, sin embargo, ésta desvelaba una traza de incomodidad.
Quizás comenzaba a ser consciente de su fatal error.
—¿No considera usted una falta de respeto entablar diálogo con alguien sin desvelar su rostro? —dijo mientras gesticulaba con su mano.
—Lo considero provocador —respondí—. Genera una incógnita a lo largo de la conversación: ¿Será capaz la persona de descifrar la identidad de su interlocutor antes de que éste la desvele por su cuenta? Es como un explosivo bajo la mesa del que no se puede escapar y no se sabe cuándo explotará. ¿Tiene usted el suficiente intelecto como para saber quién soy antes de que yo lo revele? Y de ser el caso, ¿Cree que podrá adaptarse con la suficiente rapidez a la situación?
—¿Adaptarme? —preguntó con una sonrisa nerviosa—. ¿A qué debería adaptarme?
Oh, ya no hay elocuencia en sus palabras, solo intranquilidad.
—¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Acaso no conoce la naturaleza de las conversaciones? En el momento que conozca mi identidad, cambiará la imagen que tiene de mí y su forma de hablar conmigo tendrá que cambiar en consonancia. Quizás se sienta aliviado al descubrir que todo ha sido un pequeño engaño para ponerle nervioso, o quizás palidezca al darse cuenta del erróneo tono que ha estado usando conmigo. ¿Cuál cree que será el caso?
—¿Te crees muy lista, no? Maldita niñata —contestó con brusquedad mientras se levantaba de la silla—. ¿Dónde crees que has entrado? ¿En un poblado de poca monta? Estás completamente rodeada y te tengo a mi absoluta merced. Puedo hacer contigo lo que quiera. Si crees que me sorprendes por haber aguantado el somnífero, es que no tienes ni la más mínima idea de con quién estás hablando.
¿Ya ha caído ante la presión? Qué poco aguante tiene, pensaba que podríamos jugar más.
Me recliné sobre la barra mientras apoyaba mi cabeza sobre mi puño.
—¿Conoce la frase “aquel que tenga que decir que es un rey no es un verdadero rey”? —pregunté sin alterar en absoluto mi tono—. Piense en su significado y en cómo se relaciona con la situación que nos acontece.
El rostro del alcalde se enrojeció de rabia y se inundó de una profunda muestra de asco.
—Se acabó esta estupidez. ¡No voy a consentir que una cría me hable con semejante descaro!
Acto seguido, disfrutando del momento de inquietud me quité la capucha con un gesto grácil.
Y, como bien le dije que pasaría, su rostro palideció y su cuerpo se paralizó.
—Tú… —consiguió decir—. ¿Cómo…? —las palabras no le salían de la boca—. ¿Cómo estás viva?
—¿Sabe quién soy? —pregunté con voz calmada.
—Sí…
—¿Quién soy? —exigí saber con tranquilidad.
—Eres… eres…
Me incliné para acercarme un poco a él.
—¿Soy…?
—La hija de Faest —contestó al final—. Kaera.
—¡Enhorabuena! —le felicité mientras le daba unas palmadas en el hombro—. Me alegra ver que recuerda mi nombre. No todo el mundo lo hubiese hecho dadas las circunstancias en las que lo escuchó.
Su expresión fue de conmoción cuando mi mano tocó su cuerpo. Era como un cristal tan fracturado que solo necesitaba una caricia para romperse por completo.
—No es necesario el miedo, hoy he venido por trabajo, no por motivos personales. Si colabora y no hace nada impulsivo, estará de vuelta con su vida antes de que se dé cuenta.
Verle era como contemplar una estatua. Ni siquiera parpadeaba.
—Me tomaré el silencio como una aceptación de mis términos —me recliné sobre la barra mientras apoyaba uno de mis brazos sobre ésta—. Bien, como ya le he dicho a su hijo, Zaeral, estoy buscando a mi padre. ¿Sabe dónde está?
Movió la cabeza de lado a lado. Le lancé una mirada dubitativa.
—Elabore, por favor — Pedí con un gesto de la mano.
—Solo le he visto cuatro veces desde que le conocí —contestó con escasa vitalidad en la voz y sin gesticular con el cuerpo— Nunca me ha dicho de dónde viene, ni a dónde va, ni para qué hacemos lo que hacemos. Se limita a ver el progreso del trabajo y a hacer que la gente venga a nosotros a modo de pago por nuestros servicios.
Eso ya lo sé, al parecer yo fui uno de esos pagos. Eso no es lo que quiero saber y por lo que parece, ellos tampoco podrán decírmelo. Sus reacciones fisiológicas indican que no sería capaz de mentir en estas circunstancias.
—¿Su acuerdo es tan simple como un intercambio de personas por trabajo? —pregunté con cierta decepción.
El hombre asintió con la cabeza.
Y tras esa respuesta, la conversación llegó a un punto muerto.
Me llevé la mano a la barbilla, pensativa.
Información sobre mi padre no me iban a poder dar. Sin embargo, esta situación me daba la ocasión de indagar al respecto de una de las principales incógnitas de mi situación actual: los detalles específicos de lo que ocurrió la noche en la que morí.
Y dado que hay escasa información respecto a los Necromantes en las bibliotecas de Luxaron, ¿Qué mejor lugar para comenzar a investigar que aquí?
—¿Cuál es el propósito de sus rituales? —pregunté sin más.
—No entiendo —respondió con voz baja y la mirada agachada.
—¿Qué es lo que no entiende? Sigo viva porque cometieron un error durante mi sacrificio, quiero saber cuál.
—No hubo ningún error. Tú moriste. No sé por qué estás aquí, viva. Debería ser imposible.
—Y por eso pregunto el propósito de sus prácticas. Para ver lo que pudo pasar.
El hombre agitó la cabeza, como si él mismo tratase de responder a esa pregunta.
—Son ritos de iniciación para probar las capacidades de manipulación de un cuerpo. Extraemos la Esencia del cuerpo fallecido y quitamos las extremidades. De esa manera, nosotros podemos impregnarlo con nuestra Esencia y reconstruirlo. Si el cuerpo no es un buen conductor de Esencia, no podemos controlarlo con precisión, por lo que no nos sirve. No sé qué fue lo que ocurrió durante la ceremonia, pero tú no deberías seguir viva.
—¿Han hecho algo distinto desde que mi padre comenzó a traerles a las personas?
El hombre negó con la cabeza.
—La única diferencia es que Faest se lleva los cuerpos fallidos, nada más —respondió.
—¿Mi cuerpo fue uno de ellos?
El hombre asintió.
Y, por su reacción, más bien la falta de ésta, fue fácil deducir que a mi padre no le afectó lo más mínimo mi muerte…
Maldito desgraciado.
—¿Alguna idea de por qué lo hace?
Esta vez, el alcalde contestó con negación.
—A nosotros no nos interesa y no considero necesario preguntar por qué Faest está interesado en los cadáveres fallidos.
Sus pulsaciones y sus niveles de hormonas sugerían que era sincero.
Solté un pequeño suspiro, parece que tendré que interrogar a mi padre cuando lo encuentre. Y por suerte, el desarrollo de las circunstancias actuales era idóneo para conseguirlo.
—Asumo que tendrán una forma de contactar con mi padre cuando acaben su trabajo.
Hice un pequeño silencio para que pudiese contestar. Era una pregunta algo arriesgada, lo único que le podía impedir mentir era el miedo que me tenía y esa no era una garantía de sinceridad.
Pude percibir el conflicto interno del hombre sentado frente a mí. Él alzó la mirada y al hacerlo, chocó con la mía. En ese momento, quedó claro que no había pensamiento alguno que pudiese ocultarme y lo poco que quedaba de su endeble resistencia se quebró.
—Bien, esto es lo que va a hacer. Va a contactar con mi padre y le va a convencer de que le haga una visita entre hoy y mañana. Me da igual cómo lo haga siempre y cuando no desvele mi presencia. ¿Entendido?
El hombre asintió.
Sin embargo, algo fallaba. La adrenalina comenzó a inundar mi cuerpo de forma instintiva. Analicé todo a mi alrededor, nada parecía haber cambiado. La gente seguía sumergida en sus conversaciones.
Entonces, vi la mano del alcalde.
Repetía un movimiento con los dedos, algo que antes no hacía.
Al instante, llevé mi mirada al lugar donde se hallaba el forastero aislado, para encontrar su asiento vacío.
¡No me…!
De repente, el alcalde saltó hacia atrás. Antes de racionalizarlo, mi instinto me impulsó a un lado, esquivando una acometida descendente de un arma que hizo astillas el taburete. Y al momento desvié un embate horizontal con mi brazo y respondí con un golpe en el pecho de mi agresor que le alejó de mí, haciéndole chocar con la barra.
Durante un segundo, pude contemplar a la persona que acababa de unirse al combate. Tenía su mirada verde clavada en mí, sin embargo, ésta no mostraba emoción alguna. Protegía su cuerpo con unos ropajes negros cubiertos con una armadura ligera y portaba consigo una alabarda como arma.
De repente, todas las personas de la taberna se abalanzaron sobre mí. Sin más, dos alas metálicas imbuidas en llamas rojas y negras emergieron de mi espalda, alejando a todos los agresores de mí y prendiéndose fuego tanto a ellos como al establecimiento.
Al momento, mi enemigo volvió a la carga. Desvié su ataque con una de mis alas y ésta emitió una llamarada, golpeándolo de lleno con el fuego.
Sin embargo, ésto no le detuvo, pues me agarró por el ala y me lanzó fuera de la taberna, que comenzaba a derrumbarse.
Choqué con la torre y perdí el aire por un segundo.
No puedo perder tiempo con esto.
Inspiré con profundidad. Me cubrí con las alas y ascendí varios metros en mitad de una espiral llameante de fulgores rojos y negros. Cuando llegué a suficiente altura, me expuse por completo, lanzando llamaradas a todo cuanto me rodeaba, trayendo un infierno brillante y oscuro al poblado.
De repente, algo agarró mi pie.
¡No puede ser!
Caí sin más. Hice que las alas frenasen el golpe contra el suelo y por un momento sentí alivio. Hasta que mi enemigo cayó sobre mí, aplastándome contra el suelo y oprimiendo mi pecho con su pie.
Mi oponente alzó su arma para acabar conmigo. Por instinto hice emerger una lanza de Esencia con la que frené su acometida y con un movimiento de tronco le golpeé con un ala y le alejé de mí.
Conseguí ponerme en pie. Mi adversario se hallaba inmóvil, contemplativo.
Abrí las alas por completo, en el centro de estas emergieron dos brillantes resplandores, semejantes a los de una estrella recién nacida. Acto seguido, estas emitieron fuego negro que cubrió todo a mi alrededor, trayendo consigo una penumbra donde solo se vislumbraban los fulgores, como dos ojos brillantes.
No iba a correr riesgos.
Las llamas negras impregnaron mi arma. Corrí hacia él y le ensarté con mi lanza, atravesando metal y carne por igual.
El fuego de mis alas y mi alrededor consumió su carne, desvaneciendo la oscuridad y poniendo punto final a ésto.
Por un segundo, sentí una chispa de alivio.
Hasta que sentí una punzada de dolor en el abdomen. Según me giré, vi como el alcalde se alzaba junto a mí, con una daga atravesando mi cadera. Sin más, le golpeé en la cabeza con tal fuerza que se escuchó un crujido perturbador justo antes de salir despedido.
Entonces, por un instante que pareció una eternidad, contemplé mi mano. En ella había mucha más sangre de la que debería por un golpe así.
—¡Padre! —llegó a mis oídos.
Y sin más, los gritos comenzaron a llegar a mí.
Al mirar a mi alrededor, lo vi. Cadáveres esparcidos por el suelo, destrozados por escombros, o en llamas. Y no solo cadáveres.
Un niño encogido de piernas en el suelo, aferrándose a una mancha negra.
Un joven llevando en brazos a un bebé, con la cara repleta de quemaduras, andando como podía alejándose de mí.
La camarera, luchando desesperada por escapar de la taberna en llamas que le había aplastado medio cuerpo, mientras un chico gritaba intentando sacarla. Solo para conseguir que al final el edificio se derrumbase por completo.
Y a escasos metros de mí, el posadero, Zaeral, arrodillado, con el cuerpo de su padre entre sus brazos, suplicando para que no muriese, a pesar de que su cabeza era una gran mancha roja.
Por Gaia… ¿Qué he hecho?
Me costó tomar aire.
Mi pecho empezó a comprimirse.
De repente, un silencio absoluto cayó en el ambiente. Todas las personas que me rodeaban giraron sus cabezas, algunos produciendo crujidos angustiosos, hasta clavar su mirada vacía y carente de vida en mí.
¿Pero que…?
Sin más, un ataque que no vi venir me golpeó con tal fuerza que me lanzó de nuevo contra la torre.
Aunque las alas amortiguaron parte del golpe, sentí un gran dolor. Me obligué a no perder la consciencia, por difícil que fuese.
Cuando miré al frente, mi enemigo, aquel al que había quemado vivo, se estaba sacando mi lanza de su interior sin dificultad y arrojándola a un lado. No parecía estar cansado ni fatigado. Y su piel estaba impoluta.
Por Gaia… ¿A qué clase de monstruo me estoy enfrentando?
Contemplé todo a mi alrededor. Gran parte del poblado se reducía a cenizas, consumido por las llamas. Sin embargo, la torre resistía.
Analicé mi organismo, con daños múltiples y severos, entre ellos un corte profundo en el pecho. Seguir luchando sería un suicidio tal y como estoy.
Dirigí mi mirada a mi adversario, quien se limitaba a andar hacia mí.
Tengo que salir de aquí.
Cogí impulso y alcé el vuelo.
Cuando estaba a una altura prudencial, eché la vista atrás para contemplar por última vez lo que acababa de pasar. Y cada detalle de aquella monstruosidad se quedó grabada en lo más profundo de mi mente.
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